Selva de Irati, España – Orbaizeta (el hogar del Basajaun II)

Cuando ya te has adentrado en la Selva de Irati, no piensas que sus paisajes puedan volver a sorprenderte como si fuera la primera vez. Y, sin embargo, lo hacen.

Los bosques de hayas y abetos que conforman la Selva de Irati construyen paisajes semejantes, donde el otoño y el verde musgo aportan los toques de color que terminan de hacerlo mágico. Las ramas de las hayas se extienden de forma horizontal, creando una especie de “manos de hojas” que, al surgir a diferentes alturas, van cubriendo los suelos que rodean a estos árboles. Por lo visto, esto es una técnica de supervivencia, ya que así nada puede crecer a su alrededor al no llegarle la luz del sol.

De esta forma, las hayas crean bosques donde ellas se convierten en las auténticas protagonistas. A lo largo de los caminos, la escasa vegetación que puede vivir a su alrededor se hace un hueco entre sus rojizas y anaranjadas hojas. En pleno otoño, encontrábamos muchas setas por el camino, que se pueden recolectar siempre que sea con cestas de mimbre -nunca de plástico-. De esta forma se permite a los hongos, una vez arrancados, que vayan repartiendo sus esporas.

Tras conocer la zona oriental de la Selva de Irati, desde Ochagavía, en esta segunda incursión en estos místicos bosques, nos dirigimos a su lado opuesto. En este caso, el acceso a la selva se encontraba cerca de la población de Orbaizeta y la ruta escogida sería la subida al Pico de Azalegi.

Ruta del Pico de Azalegi – Ermita de San Esteban

La entrada a la Selva de Irati desde la zona de Orbaizeta, nos proporcionaba múltiples opciones de ruta a escoger. Desde el punto de información ubicado en Arrazola, nos ayudaron a decidirnos por el camino que llegaba hasta la Ermita de San Esteban, tras subir al Pico de Azalegi.

Esta ruta empezaba por una zona boscosa, representativa de la estampa de postal otoñal que identifica a Irati. Cerca de un arroyo, avanzábamos por una senda definida y repleta de familias en su primer tramo. Esta primera etapa de la ruta estaba mucho más concurrida que ningún otro lugar que hubiéramos visto por la zona, ya que era el camino común para el inicio de varias rutas de diferentes longitudes.

Después de sobrepasar un larguísimo abrevadero, giramos hacia la izquierda, cruzando una carretera. Este desvío nos llevaba a una ruta circular que tenías la opción de añadir a la ruta original. Este pequeño trayecto optativo tenía el encanto de un rincón escondido, por donde debes atravesar túneles de vegetación para avanzar y jugar a buscar el árbol de tres troncos.

No tardaríamos mucho en reincorporarnos al camino y emprender la subida hacia la cima del Azalegi. Este monte proporcionaba unas vistas envidiables del entorno, sin tener una subida demasiado pronunciada. Aunque lo mejor de todo fue poder compartir esa panorámica con sus agradables, aunque poco habladores, habitantes (se adjuntan imágenes ↓ ).

Al comenzar la bajada perdíamos la perspectiva de pájaro, pero volvíamos a encontrarnos con el otoñal paisaje que caracteriza Irati. Caminando entre troncos y hojas de color anaranjado nos encontraríamos finalmente con la Ermita de San Esteban.

Precisamente a partir de ese punto perdimos la pista a las indicaciones y decidimos añadir una hora y unos kilómetros más a nuestra ruta. Pero regresamos ¡sanos y salvos!

La fábrica de armas de Orbaizeta

A pocos kilómetros del inicio de nuestra ruta se encontraban las ruinas de la Real Fábrica de Armas y Municiones de Orbaizeta. Este sería, sin duda, un enclave importante durante el siglo que permaneció activa. Sin embargo, hoy en día encontramos una fábrica dormida, arropada por la vegetación y el musgo que ha ido cubriéndola, lo cual le confiere un carácter enigmático.

Si se accede desde uno de sus laterales, aún se consiguen identificar diferentes salas, así como el uso que se les daba en el proceso de fabricación de armas y municiones. Decidieron construirla ahí en el siglo XVIII debido a la presencia de minas de hierro y por la cercanía de los cursos de agua. Sin embargo, al encontrarse a escasos metros de la frontera con Francia, sufrió constantes saqueos, de los que tuvo que sobrevivir una y otra vez.

En la actualidad, las ruinas de esta fábrica le confieren un aire de cementerio: es un paisaje desolador, pero al mismo tiempo, transmite una sensación de paz inmediata. Recórrelo con calma y, si es posible, en soledad. Asómate a los balcones para ver los arcos de su túnel de agua, disfruta de la batalla entre la naturaleza y el hormigón y pasea por los pasillos de esta fábrica de armas que, ahora ya, poco tiene de bélica.

El mágico Pirineo navarro

Nuestra estancia por la Selva de Irati terminaba aquí, pero solo por el momento. Este sería mi primer contacto con el Pirineo, en Navarra, pero desde entonces ya he visitado el pirineo oscense y entra en mis planes dedicarle tiempo a la parte de esta cordillera correspondiente a nuestros vecinos franceses. Y es que, el Pirineo es mucho Pirineo. Y la Selva de Irati en otoño es la guinda del pastel.

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