Viñales, Cuba – Langosta, corales y estrellas en Cayo Jutías

De pronto llega el día en que te despiertas y eres consciente de que te encaminas hacia un pequeño paraíso tropical. Nadie está preparado para ver, en vivo y en directo, una playa de esas que aparecen en las postales. De aquellas que has visto mil veces en fotos, pensando siempre en lo retocadísimas que están. En tan solo 3 días desde nuestra llegada a Cuba, salimos de La Habana, tan caótica e imparable, para llegar a Cayo Jutías, nuestro edén terrenal. Este cayo y sus playas sobrepasaron todas nuestras expectativas. Su naturaleza, aún salvaje a pesar de la creciente presencia del turismo, permite disfrutar de una playa sin domesticar. Aguas cristalinas, arenas blancas de coral, cocos, estrellas de mar gigantes y manglares repletos de mosquitos. Cayo Jutías, con su asilvestrada belleza, nos conquistó y puso el listón tan alto que ninguna otra playa de la isla consiguió alcanzarla. Este cayo es, oficialmente, la playa más espectacular que he conocido por el momento y enseguida entenderás por qué.

Azul y blanco rosado de Cayo Jutías

¿Cayo Jutías o Cayo Levisa?

Tras pasar la primera noche en Viñales, en la región de Pinar del Río, al oeste de la isla, decidimos que ya iba tocando un poco de playa en nuestro viaje caribeño. Para ello teníamos dos opciones: Cayo Jutías o Cayo Levisa.

Cruzando el manglar

En el primer caso, el recorrido se hacía íntegramente en coche o furgoneta, ya que hay acceso por tierra al cayo. Aun así nos avisaron de que el camino era bastante abrupto durante gran parte de su recorrido, lo que lo convertía en dos horas de trayecto para la ida y otras dos para la vuelta. En el caso de Cayo Levisa, la mitad del trayecto era por tierra y la otra mitad por mar. Desde nuestra perspectiva esto complicaba algo más las cosas, ya que teníamos que estar pendientes de los horarios de vuelta del ferry. Por ese motivo al final nos decidimos por Cayo Jutías, aunque, por lo que nos contarían más tarde, ambas opciones son bastante similares.

Desfile de palmeras hacia la playa

La principal diferencia de estos cayos con respecto a los que se encuentran al norte de la isla es que, a pesar de ser turísticos, no se encuentran masificados. Cayo Levisa solo tiene un hotel en la isla y hay que reservar con bastante tiempo de antelación. En cuanto a Cayo Jutías no tiene ningún tipo de instalación hotelera. Esto provoca una consecuencia importante: vas a tener el cayo prácticamente para ti.

Noviembre de playa

Además, debes saber que en prácticamente ningún cayo de la isla vas a encontrar cubanos en sus playas. En Cayo Levisa por ejemplo, según nos dijeron en el pueblo de Viñales, solo acceden los trabajadores del hotel y la persona que lleva el ferry. Según nos comentaban, los cubanos que no tengan licencia para navegar no pueden subirse a la embarcación que lleva hasta allí.

En Cayo Jutías, al hacer el trayecto por carretera, podías ver más grupos de cubanos, pero la gran mayoría -por no decir todos- se encontraban allí por trabajo. Desde los conductores y guías de actividades hasta los pescadores de la zona, resultaba muy sencillo identificar a los locales. Mientras que los grupos de turistas nos tostábamos al sol; los cubanos, por lo general, se encontraban a la sombra y con prendas largas, que les protegieran del sol.

Hasta el Cayo mejor en Jeep

Una vez quedó decidido el cayo que visitaríamos, hablamos con nuestros papás cubanos – la pareja de la casa de renta donde nos alojábamos en Viñales- para que nos arreglaran el transporte. Una de las ventajas de alojarte en las casas de renta es que siempre conocen a alguien que puede llevarte adonde tú quieres por un “buen precio”. Uso las comillas en cuanto al precio porque nunca sabrás cuál era el coste real de ese trayecto; debes hacer una estimación y tratar de regatearlo.

Nuestro Jeep hacia el cayo

En el caso de nuestro camino a Cayo Jutías la verdad es que nos tocó la lotería. A la mañana siguiente teníamos aparcado, frente a nuestra puerta, a un conductor de aspecto divertido, en un Jeep blanco y negro. Junto a un grupo de tres chicos españoles comenzamos el trayecto hacia la playa. Al viajar por una carretera secundaria, atravesamos muchos pueblos de campesinos. La agricultura está muy presente en la zona, y pudimos ver cómo se desarrolla la vida rural en esta comarca de Pinar del río.

Al rico coco!

Tras un agitado viaje, por fin alcanzamos la lengua de tierra que une Pinar del Río con el cayo. Una vez dentro, en un camino rodeado de palmeras, nuestro conductor decidió hacer una parada y ahorrarnos la bebida del día. Cogimos un coco para cada uno y, bien abastecidos, continuamos el trayecto hasta la playa.

Menú del día: langosta y agua de coco

Nuestro Jeep recorrió la orilla unos metros y por fin pudimos bajarnos para ver y tocar esa arena blanca, sacada de una postal. Eso sí, antes de disponernos a disfrutar del día hicimos dos cosas: nos embadurnamos de crema del sol -factor 50- y, a continuación, de antimosquitos (en ese orden, para que el repelente haga efecto).

El siguiente paso fue dejar 3 langostas frescas reservadas para la hora de comer. Los propios pescadores las preparan al grill en un momento y solo de verlas se nos hacía la boca agua.

Menú del día por 10 CUC (unos 9€)

Con las langostas ya reservadas, nuestro conductor se dispuso a proporcionarnos la bebida del día. Machete en mano, dio forma a la parte superior de los cocos hasta conseguir unos recipientes la mar de adorables, con un pequeño orificio desde el que beber. Con unas cañitas presentes en la vegetación de la zona improvisó unas pajitas y voilà! Litros de agua de coco para todo el día.

Todo estaba listo para la hora de comer, así que decidimos darnos un paseo de reconocimiento, antes de que nos entrara hambre.

Pequeño paraíso tropical

Corales y estrellas de mar

Aunque desde el primer momento nuestros ojos observaban esta playa de revista, nuestras mentes no podían dejar de sorprenderse. No parecía posible esa paleta tropical, con el blanco de la arena, formada por pedacitos de coral, hasta el azul turquesa de sus aguas cristalinas, o el color rosado y violeta que dejaban las olas al retroceder en la orilla.

La playa para nosotras

Además, la naturaleza asilvestrada del cayo le daba un toque especial con sus verdes y marrones. Tras recorrer una larga explanada de arena, te integrabas en el manglar. Sorteando ramas y mosquitos seguías avanzando, encontrándote al lado de un muestrario de caracolas pequeñas y gigantes, así como de esqueletos de corales.

Naturaleza enredada

Pero nuestros paseos a pie por esa playa no eran comparables con lo que había bajo sus aguas. En un puesto ubicado en la zona más turística de la playa decidimos contratar una excursión a la barrera de coral y a la playa de las estrellas. La visita submarina duraría una hora, que se nos quedó cortísima para disfrutar los fondos marinos de este cayo. Nos montamos en la lancha rápida y en poco más de 5 minutos ya estábamos en la zona de la barrera de coral. Nos colocamos las gafas y el snorkel, y nos sumergimos.

Barrera de coral cubana

Hay que tener en cuenta dos factores: lo primero es que soy una persona fácilmente impresionable, pero es que, además, no había visto corales en directo nunca en mi vida. Por ese motivo, el momento en que miramos hacia abajo y vimos todo tipo de corales a pocos metros de profundidad, mis ojos se abrieron hasta límites insospechados para abarcarlo todo.

Algunos tenían pinta de cerebro, otros parecían pequeños caminos intrincados, como un laberinto, y otros tantos parecían un árbol en dos dimensiones. Todos con sus colores particulares y gran cantidad de peces alrededor. Los colores no destacaban tanto como yo hubiera podido esperar ya que no estaban tan cerca de la superficie, pero aún así podían identificarse. Nuestro guía en un momento dado nos acercó una caracola gigante, que volvimos a depositar en el suelo con cuidado. Poco después pudimos ver la cola de una morena. Y ahí no acababa todo.

La cola de la morena

Tras 15 minutos sumergidos, que se pasaron volando, volvimos a la lancha para dirigirnos a la siguiente parada: la playa de las estrellas. De nuevo mi impresionabilidad hizo de las suyas y, de no ser porque respiraba por el snorkel, habría permanecido boquiabierta todo el rato. La playa de las estrellas era una especie de lengua de arena, donde la superficie del agua quedaba muy próxima del fondo. Esto permitía ubicar perfectamente a estos animalitos desde arriba del agua, gracias al contraste entre la blanca arena y sus oscuros colores.

Estrellitas de mar

Yo había visto estrellas de mar mediterráneas, pero las de esas aguas caribeñas no tenían nada que ver. De un tamaño mucho mayor en las tres dimensiones, estas enormes estrellas parecían tan sólidas como un caparazón de tortuga. Si te metías bajo el agua a observarlas, podías comprobar cómo el movimiento de las aguas las hacía balancearse de un lado para otro. Podrías observarlas durante horas sin percatarte del paso del tiempo.

Importante: cuidado con las estrellas de mar

Nuestro guía nos lo advirtió antes de desembarcar:

Nunca saquéis a las estrellas del agua, ya que tardan menos de cinco minutos en morir.

Nos pareció una exageración el corto tiempo que nos indicaba, pero haciendo algo de investigación a la vuelta descubrimos varias cosas. No solo era cierta esta advertencia, sino que el tiempo podía llegar a ser incluso inferior, dependiendo del nivel de estrés al que sometas a la pobre criatura.

Buscando fotos de Cayo Jutías y su playa de las estrellas, encontramos gran cantidad de fotos con estos animales fuera del agua. No se puede juzgar el desconocimiento, pero sí que es cierto que siempre que viajemos hay que mantener un principio de erosión mínima de la cultura y la naturaleza local. Yo trato de aplicarlo cada vez más y por ese motivo te pido que, por favor, adviertas a quien haga falta antes de que sea tarde para estas pequeñas maravillas marinas.

Bye bye paradise

Nuestro cayo cubano favorito

Como en todo buen sueño, al final de un día increíble tocaba despertarse. Recogimos las toallas, bebimos los últimos sorbos de agua de coco y cambiamos los bikinis por ropa seca. Nos esperaban dos horas de vuelta en Jeep, por los mismos caminos pedregosos, pensando que nuestra estancia en el paraíso había llegado a su fin. Eso sí, siempre nos quedarán las fotos para soñar que Cayo Jutías era real, aunque solo fuera durante unas horas.

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